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jueves, 23 de octubre de 2014

Estatua en la lluvia. Por Alicia Susana Gómez




Es sólo un vago recuerdo. Formé, durante siglos, parte de una montaña. Cuando mi cuna se formó, no existían los seres vivos. Así les llaman. Mucho menos los humanos. Hace cuarenta años, un escultor pidió un trozo de granito e, informe, aparecí en su taller. Éso sí lo recuerdo. Durante mucho tiempo, giraba a mi alrededor y me observaba. Yo no sabía para qué. Luego, con cinceles y martillos, fue quitándome partes hasta descubrir en mí una mujer, posada sobre un pedestal. Desde entonces, sólo entonces, tengo memoria, sentimientos y algunas sensaciones.
Él escribió sus iniciales cuando hubo terminado de moldearme. Nunca lo olvidaré, a pesar de que no volví a verlo. Le debo esta vida. Esta forma de vida que, aunque nadie lo sepa, es tan especial. Sé que si hubiera podido, me habría dotado de movimientos. Y me habría gustado porque a todos los que me ven dicen que estoy bailando y yo sé que no se puede bailar sin cambiar de postura.
Apenas creada, fui trasladada a la plaza central de un barrio en la ciudad. Hace unas semanas, alguien puso a mi alrededor unas horribles rejas lo cual impide que la gente me palpe, como lo hacía antes. ¡Me gustaba tanto! Por eso esta tarde me induce a evocar. 
Conozco a todos los que frecuentan esta plaza. Aquel adolescente, que miraba asombrado, envejeció y, sin embargo, no deja de sentarse en el banco de enfrente para contemplarme. Viene con un niño que juega en el arenero mientras él medita, con su bastón en la mano. Hoy llueve. Extraño su presencia.
Desde mi pequeño cuadro de visión, pasan las personas que son conocidas. ¡Es tan pequeña esta comunidad! Aquí, la mujer que lleva un fardo de cartones y se cubre con él para no sentir frío, sensación que no tengo, y ella padece verano e invierno.
Allá, la joven de cabellos al viento, chorreando aguacero, que sacude la cabeza, gozosa. Me gustaría tener sus dotes, ya que mi pelo es una masa dura con formas de rulos que no se despeinan.
Detrás, la niña que se quitó las botas para llenar sus pies de barro, hundiéndose en los charcos.
Ahora la anciana, a quien también conocí siendo joven y sé que ahora está sola. Trata de protegerse con un viejo paraguas. Pero, el paso del tiempo, hace que le tiemblen las manos y no le sirve. Quisiera ser como ella. Sus arrugas señalan que ha vivido. Huellas de vida lleva prendidas en su cuerpo: De risas, de llantos. Cicatrices y heridas de vida... Cuando la conocí, pasaba con un joven que no volvió. Después, ella usaba un pañuelo blanco. Sí aún lo lleva.
Por eso no me agrada la lluvia. Sólo puedo saber que mi imagen se vuelve gris. Gris que desaparece cuando el sol me ilumina o la luna engaña. Sé que es el único cambio que el pasar del tiempo me da. Yo querría que me fuera modificando como les sucede a las personas, más rápidamente. En cambio, sólo se irá desgastando mi exterior, tan lentamente, que seguiré viendo generaciones ante mí, impertérrita, inmóvil, incapaz de hacer. Es tal mi impotencia, desde que tengo formas de mujer, que quisiera que alguna pandilla nochera que fuma y bebe en la plaza, en lugar de dañarse, me destruya y me vuelva montaña, montículo, montón de granito inerte, como ahora, pero sin sentimientos, como fui antes.
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