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viernes, 31 de octubre de 2014

Aquella primera vez. Por Alicia Susana Gómez




Cuando era niña, danzaba en el patio de casa sin música alguna. Como única espectadora, la bóveda celeste, brillante de estrellas y una luna llena que obraba de reflector.
Me creía etérea, sin peso ni volumen. Unos brazos seguros me asían con tal firmeza que podía contornearme a mi placer sin pisar tierra, sin necesitar suelo. Podía volar en el aire que olía a jazmines. Sentía ese otro cuerpo tan real, que podía palparlo y lanzarme hacia él con la certeza que no caería. 

Pero esa noche, las rústicas baldosas aparecieron entre mi ensueño, cuando noté que mis rodillas sangraban. Aquella primera vez me di cuenta que, en soledad, nada se puede. Así que, la segunda, busqué ser alguien más en un grupo de ballet.
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